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Cuando la fe se volvió geopolítica: la batalla religiosa por América Latina


Durante la Guerra Fría, Washington comprendió que América Latina no se disputaba únicamente mediante elecciones, ejércitos o golpes de Estado. También se disputaba en iglesias, comunidades rurales y barrios populares. La expansión de la Teología de la Liberación dentro del catolicismo preocupó a sectores conservadores estadounidenses porque vinculaba el Evangelio con pobreza, desigualdad, organización comunitaria y transformación social. La religión dejó entonces de ser observada exclusivamente como una cuestión espiritual: también comenzó a ser interpretada como territorio de competencia política.

Uno de los documentos más citados para comprender ese clima es el Informe de Santa Fe de 1980, elaborado por un grupo de intelectuales conservadores vinculados al entorno que impulsó la llegada de Ronald Reagan. El texto consideraba que Estados Unidos debía responder activamente a la Teología de la Liberación, a la que asociaba con la penetración marxista en América Latina. Para una parte del pensamiento estratégico estadounidense, sacerdotes, comunidades e iglesias también podían modificar el equilibrio ideológico del continente. Esa visión debe distinguirse, sin embargo, de la afirmación más fuerte de que existió una operación centralizada de la CIA destinada a crear el neopentecostalismo.

El contexto explica aquella preocupación. Sacerdotes, religiosas y comunidades eclesiales participaron en movimientos sociales mientras las dictaduras y guerras civiles atravesaban Centroamérica. Washington respaldó gobiernos y fuerzas anticomunistas en países donde miembros del clero progresista fueron perseguidos o asesinados. El arzobispo salvadoreño Óscar Romero fue asesinado en 1980; cuatro religiosas estadounidenses murieron ese mismo año en El Salvador, y Guatemala vivió una violencia devastadora durante el régimen de Efraín Ríos Montt. La frontera entre religión, revolución y contrainsurgencia se volvió extraordinariamente estrecha.

El Vaticano también mantenía su propia disputa con ciertas expresiones de la Teología de la Liberación. En 1984, la Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigida por Joseph Ratzinger, publicó una instrucción que reconocía la preocupación cristiana por las injusticias sociales, pero advertía sobre corrientes que incorporaban categorías provenientes del marxismo. Dos años después publicó una segunda reflexión sobre libertad y liberación. Washington y Roma podían partir de intereses distintos, pero coincidían en observar con preocupación una politización revolucionaria del cristianismo latinoamericano.

Mientras aquella batalla ocurría en las instituciones, otro fenómeno crecía desde abajo. Iglesias pentecostales y posteriormente neopentecostales comenzaron a multiplicarse en barrios donde la presencia estatal y, muchas veces, la estructura parroquial católica resultaban insuficientes. Sus templos podían funcionar diariamente, formar rápidamente nuevos liderazgos y construir pequeñas comunidades alrededor de problemas inmediatos. Donde el Estado llegaba tarde y las instituciones tradicionales parecían lejanas, la iglesia podía ofrecer pertenencia, reconocimiento y ayuda concreta.

Ahí se encuentra una de las explicaciones más importantes de su crecimiento que una interpretación puramente geopolítica no alcanza a explicar. La antropóloga Elizabeth Brusco documentó en Colombia cómo determinadas conversiones evangélicas podían modificar las relaciones familiares: la prohibición del alcohol, el juego y las relaciones extramaritales podía redirigir recursos masculinos hacia el hogar y mejorar las condiciones materiales de mujeres e hijos. La expansión evangélica no puede explicarse solamente desde Washington; también respondió a necesidades reales dentro de las sociedades latinoamericanas.

La diferencia comunicativa también fue poderosa. Mientras ciertos sectores de la Teología de la Liberación proponían interpretar la pobreza desde estructuras económicas y organizar colectivamente a las comunidades, la predicación pentecostal ofrecía frecuentemente una transformación inmediata del individuo: abandonar adicciones, reconstruir la familia, encontrar comunidad y experimentar una relación directa con Dios. Posteriormente, la teología de la prosperidad agregó una promesa todavía más atractiva: la fe podía asociarse con progreso personal, éxito económico y superación. Frente a una transformación estructural lenta, aparecía una respuesta individual que podía comenzar esa misma noche.

Décadas después, las consecuencias alcanzaron directamente a la política. Grandes comunidades evangélicas construyeron medios, liderazgos, organizaciones y posteriormente bancadas parlamentarias capaces de influir en elecciones y políticas públicas, particularmente en Brasil y Centroamérica. La disputa iniciada alrededor de la religión terminó produciendo nuevos actores políticos. La gran paradoja es que aquello que durante la Guerra Fría fue observado como instrumento para contener determinadas expresiones de la izquierda terminó desarrollando una fuerza propia capaz de disputar el poder del Estado. América Latina demuestra así que las creencias nunca permanecen únicamente dentro de los templos: cuando organizan comunidades, identidades y valores, también terminan organizando votos.

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