ads

El poder también seduce: por qué los psicópatas prosperan en las jerarquías


La imagen popular del psicópata suele estar asociada al asesino violento, al criminal extremo o al personaje cinematográfico incapaz de sentir remordimiento. Pero esa representación puede ocultar una dimensión mucho más cotidiana e incómoda: determinados rasgos asociados con la psicopatía pueden resultar funcionales dentro de organizaciones donde existen poder, competencia, dinero y capacidad de controlar a otros. Esa es precisamente la provocación planteada por Thomas Erikson cuando afirma que los psicópatas “florecen” en las jerarquías.

Erikson sostiene que cuanto más alto se asciende dentro de una organización, mayores son las oportunidades para manipular, dominar o explotar a otras personas. Su afirmación de que “el mundo está dirigido por psicópatas” es deliberadamente contundente y debe entenderse como una interpretación personal, no como una conclusión científica demostrada. El punto relevante no consiste en diagnosticar presidentes, empresarios o líderes a distancia, sino en preguntarse qué estructuras recompensan la ausencia de empatía, la capacidad de mentir y la obsesión por acumular poder.

Ahí aparece una paradoja importante. Algunas características que pueden resultar destructivas en las relaciones personales pueden ser confundidas con virtudes dentro de determinadas instituciones. La frialdad puede presentarse como capacidad para tomar decisiones difíciles; el encanto superficial, como carisma; la manipulación, como habilidad política; y la ausencia de culpa, como fortaleza ante la presión. Una organización obsesionada exclusivamente con resultados puede terminar premiando comportamientos que, fuera de ella, consideraríamos profundamente tóxicos.

El problema se vuelve todavía mayor porque estos perfiles no necesariamente parecen amenazantes. Erikson utiliza a James Bond como metáfora: atractivo, seguro, inteligente, seductor y capaz de actuar sin demasiado remordimiento. El personaje resulta fascinante porque sus rasgos están puestos al servicio del “lado correcto”. La cultura nos ha enseñado así a admirar algunas características potencialmente peligrosas cuando aparecen acompañadas de éxito, belleza, dinero o autoridad.

La psicopatía, además, no debería utilizarse como insulto cotidiano. Erikson mismo advierte que el término suele emplearse de manera demasiado ligera. Las estimaciones sobre su prevalencia varían según la definición, los instrumentos utilizados y las poblaciones estudiadas. También son discutibles sus opiniones sobre una posible distribución cercana al 50% entre hombres y mujeres: él reconoce que se trata de una hipótesis personal y no probada. Convertir cualquier persona manipuladora, infiel, egoísta o autoritaria en “psicópata” termina vaciando el concepto de significado.

Sin embargo, hay una dimensión política particularmente interesante en su argumento. Las instituciones no son neutrales frente a las personalidades que ascienden dentro de ellas. Un sistema donde ganar importa más que los métodos empleados puede favorecer a quien miente mejor; uno donde reconocer errores implica perder autoridad puede premiar a quien nunca acepta responsabilidad; y uno donde la competencia es permanente puede convertir la falta de empatía en ventaja. El peligro no está únicamente en que existan personas manipuladoras, sino en construir organizaciones diseñadas para premiarlas.

Por eso resulta especialmente seductora la tentación de explicar a Hitler, Stalin, Mao o Pol Pot mediante diagnósticos psicológicos. Sin embargo, hacerlo puede simplificar demasiado la historia. Los grandes crímenes políticos no ocurren únicamente porque un individuo posea determinados rasgos de personalidad: requieren instituciones, seguidores, burocracias, ideologías y sociedades capaces de permitirlos. Un líder puede ser cruel, pero necesita estructuras que conviertan su voluntad en política pública. La psicología ayuda a comprender al individuo; el poder obliga a estudiar también a quienes lo obedecen.

La recomendación de Erikson frente a una relación destructiva es radical: alejarse. En el terreno personal puede ser una advertencia útil cuando existe manipulación o abuso, aunque cualquier situación concreta exige valorar riesgos y buscar apoyo adecuado. En política y organizaciones, sin embargo, no siempre es posible simplemente “huir”. La defensa frente al abuso de poder depende también de controles institucionales, límites, transparencia y mecanismos capaces de obligar incluso al dirigente más poderoso a responder por sus actos. Porque quizá la pregunta más importante no sea cuántos psicópatas llegan al poder, sino por qué algunas estructuras les permiten permanecer allí.

Fuente: Yo Dona. “Thomas Erikson: ‘El mejor consejo que puedo dar para lidiar con un psicópata es huir’” (2026).

About Redacción

This is a short description in the author block about the author. You edit it by entering text in the "Biographical Info" field in the user admin panel.