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Cuando la cabeza se divorcia del cuerpo: la advertencia de Eduardo Galeano


Nos enseñaron a pensar como si el cuerpo estorbara. Primero había que controlar las emociones, después desconfiar de los impulsos y finalmente aprender que una decisión verdaderamente inteligente debía ser “racional”. Eduardo Galeano encontró algo profundamente extraño en esa separación. Para él, una persona no era solamente una cabeza capaz de producir ideas: también era cuerpo, memoria, deseo, miedo y emoción. Separar esas dimensiones podía ayudarnos a explicar el mundo, pero también podía impedirnos comprenderlo por completo.

La idea aparece con especial claridad en El libro de los abrazos. Allí Galeano escribe sobre las “bodas de la razón y el corazón” y critica una educación que nos enseña a separar aquello que originalmente experimentamos unido. Su respuesta aparece condensada en una palabra que escuchó entre pescadores de la costa colombiana: “sentipensante”. Años después explicó en entrevistas que la adoptó porque describía justamente aquello que buscaba en su escritura: pensar sintiendo y sentir pensando, sin convertir al ser humano en una cabeza separada del resto del cuerpo.

Galeano llevaba esa crítica incluso hacia la palabra “intelectual”. Decía sentirse incómodo cuando lo definían así porque parecía convertirlo en “una cabeza sin cuerpo”. No estaba rechazando el conocimiento ni proponiendo sustituir la razón por sentimientos. De hecho, advertía también sobre el peligro contrario: sentir sin pensar podía conducir a la cursilería, mientras pensar sin sentir podía conducir a una especie de frialdad. Lo que buscaba era reunir dos capacidades que la cultura occidental acostumbró presentar como adversarias.

Curiosamente, décadas de investigación en psicología y neurociencia han cuestionado también la imagen de una razón completamente independiente de las emociones. El neurocientífico Antonio Damasio mostró, a partir del estudio de pacientes con lesiones cerebrales, que la emoción participa en procesos necesarios para tomar decisiones. Personas capaces de razonar y conservar muchas capacidades intelectuales podían experimentar enormes dificultades para decidir cuando determinados mecanismos emocionales estaban dañados. Sentir no aparece entonces simplemente como ruido que interfiere con la razón: también proporciona información con la que razonamos.

La separación llega todavía más lejos cuando observamos el cuerpo. Investigaciones contemporáneas sobre embodied cognition o cognición corporizada sostienen que numerosos procesos mentales no pueden entenderse considerando únicamente al cerebro como una computadora aislada. Percepción, movimiento, sensaciones corporales y entorno participan en nuestra manera de procesar el mundo. Pensamos con un cerebro que nunca deja de formar parte de un cuerpo. Esto no demuestra científicamente la filosofía de Galeano, pero vuelve especialmente interesante su intuición literaria.

La historia de “sentipensante” tiene además una raíz latinoamericana más profunda. El sociólogo colombiano Orlando Fals Borda también recuperó el término a partir de comunidades de la costa Caribe y lo incorporó a su trabajo sobre conocimiento popular. La palabra cuestionaba una vieja jerarquía: la idea de que quien estudia desde una universidad produce conocimiento mientras quien pesca, cultiva o vive una realidad solamente proporciona experiencia. Sentipensar significa también reconocer que conocer el mundo no consiste exclusivamente en observarlo desde afuera.

Quizá por eso la reflexión de Galeano conserva tanta fuerza. Vivimos rodeados de datos, métricas, algoritmos y sistemas capaces de procesar cantidades de información que ningún ser humano podría memorizar. Pero acumular información nunca ha significado automáticamente comprender. Galeano decía que, si ser culto consistiera solamente en acumular conocimientos, ninguna persona podría competir con una computadora. Mucho antes de la inteligencia artificial generativa, había planteado una pregunta que hoy resulta todavía más incómoda: si una máquina puede saber más cosas que nosotros, quizá aquello verdaderamente humano no esté solamente en pensar, sino en nuestra capacidad de reunir pensamiento, cuerpo, memoria y emoción para darles sentido.

Fuentes: Eduardo Galeano, El libro de los abrazos (1989), especialmente “Celebración de las bodas de la razón y el corazón” y “Divorcios”; entrevistas de Eduardo Galeano sobre el concepto “sentipensante”; Orlando Fals Borda, trabajos sobre conocimiento popular y sentipensamiento; Antonio Damasio, Descartes’ Error (1994); literatura académica sobre emoción, toma de decisiones y embodied cognition.

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