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Todo parece exagerado cuando se mira desde el privilegio


“No es para tanto” probablemente sea una de las frases más fáciles de pronunciar cuando las consecuencias no van a caer sobre ti. Perder un día de trabajo puede parecer una molestia hasta que significa no completar la renta. Que aumente el transporte puede parecer insignificante hasta que necesitas utilizarlo cuatro veces al día. Una enfermedad menor puede parecer manejable hasta que acudir al médico implica perder salario, pagar medicamentos y endeudarse. Lo que llamamos exageración muchas veces depende del lugar desde donde estamos observando el problema.

La psicología social lleva años estudiando cómo la clase modifica nuestra interpretación del mundo. Una revisión de Michael Kraus, Paul Piff y Dacher Keltner encontró que las personas con menos recursos tienden a prestar mayor atención a las circunstancias externas que condicionan la vida de alguien, mientras quienes poseen más recursos pueden desarrollar una percepción mayor de autonomía y control individual. Cuando el entorno amenaza menos tu estabilidad, resulta más fácil imaginar que los demás también controlan completamente lo que les ocurre.

Eso ayuda a explicar por qué una misma cantidad de dinero puede significar cosas radicalmente distintas. Para alguien con ahorros, una reparación inesperada es un gasto; para una familia que llega exactamente al final de la quincena puede desencadenar una cadena de consecuencias: retrasar una deuda, dejar de comprar algo, pedir prestado o perder transporte para trabajar. Investigaciones sobre escasez han mostrado que las preocupaciones económicas pueden consumir recursos cognitivos y concentrar la atención en necesidades inmediatas. La pobreza no solamente significa tener menos dinero: significa tener menos margen para equivocarse.

Incluso la capacidad de comprender las preocupaciones ajenas parece relacionarse con el contexto social. En tres estudios publicados en Psychological Science, participantes de menor clase social mostraron mayor precisión para identificar emociones ajenas que participantes de posiciones superiores. Los autores propusieron que depender más de otras personas y de las condiciones del entorno puede aumentar la atención hacia señales sociales. Esto no significa que una clase social sea automáticamente “más empática” que otra, pero sí demuestra que nuestra posición puede modificar aquello a lo que aprendemos a prestar atención.

El privilegio funciona además de una manera particularmente difícil de percibir: muchas veces consiste precisamente en problemas que uno no necesita tener. No pensar cuánto cuesta llegar al trabajo. No calcular si una consulta médica desestabilizará el mes. Poder abandonar un empleo abusivo porque existen ahorros. Tener familiares capaces de ayudar durante una emergencia. El poder y el estatus pueden incrementar la distancia psicológica respecto de las circunstancias de otras personas, según revisiones de investigación sobre jerarquías sociales. La ventaja puede volverse invisible precisamente porque quien la posee experimenta sus resultados, pero no necesariamente los obstáculos que eliminó.

Ahí aparece una de las trampas más frecuentes del discurso sobre el mérito. “Yo pude hacerlo” puede ser completamente cierto y, al mismo tiempo, insuficiente para explicar por qué otra persona no pudo. Dos individuos pueden trabajar igual de duro mientras uno dispone de educación, contactos, estabilidad familiar o capacidad para asumir riesgos y el otro enfrenta deudas, cuidados familiares o ingresos impredecibles. Reconocer las circunstancias no elimina la responsabilidad individual; simplemente evita confundir nuestra experiencia particular con una regla universal. La investigación sobre clase social muestra precisamente que recursos y rango afectan la percepción de control y las explicaciones que construimos sobre el éxito y el fracaso.

Por eso quizá deberíamos desconfiar un poco más de la frase “están exagerando”. No porque cualquier queja sea automáticamente válida ni porque disponer de privilegios vuelva incapaz a alguien de comprender los problemas ajenos. Sino porque la distancia reduce información: desde lejos vemos una decisión; desde cerca aparecen la renta, los horarios, el transporte, los hijos, las deudas y las alternativas que nunca existieron. El privilegio no necesariamente consiste en vivir sin problemas. A veces consiste en algo mucho más difícil de reconocer: tener suficientes salidas para pensar que los problemas de quienes no las tienen tampoco deberían ser para tanto.

Fuentes: Kraus, Piff, Mendoza-Denton, Rheinschmidt y Keltner, Psychological Review, “Social Class, Solipsism, and Contextualism” (2012); Kraus, Côté y Keltner, Psychological Science, “Social Class, Contextualism, and Empathic Accuracy” (2010); Kraus, Piff y Keltner, Journal of Personality and Social Psychology (2009); Mani, Mullainathan, Shafir y Zhao, Science, “Poverty Impedes Cognitive Function” (2013); literatura científica sobre escasez, poder, estatus y distancia psicológica.

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