
Cuando enviamos un mensaje desde México hacia Europa parece que la información simplemente “viaja por internet”. La nube, el WiFi y los satélites han creado la sensación de que nuestra vida digital ocurre prácticamente en el aire. La realidad es mucho más física. Apenas unos centímetros de fibra óptica escondidos bajo miles de metros de océano sostienen buena parte de las comunicaciones internacionales del planeta.
Los cables submarinos transportan aproximadamente 99% del tráfico intercontinental de internet, según la Comisión Europea. Por ellos circulan videollamadas, operaciones financieras, correos electrónicos, servicios empresariales, comunicaciones gubernamentales y enormes cantidades de datos utilizados diariamente por plataformas digitales.
Eso significa que TikTok, Netflix o WhatsApp pueden parecer productos completamente digitales, pero la globalización sigue dependiendo de infraestructura sorprendentemente física.
Internet también tiene carreteras. Y alguien tiene que construirlas, repararlas y protegerlas.
Durante décadas, esos cables fueron tratados principalmente como infraestructura de telecomunicaciones. Ahora están entrando directamente en la conversación sobre seguridad nacional. La Unión Europea, por ejemplo, anunció en febrero de 2026 una inversión adicional de 347 millones de euros para proyectos estratégicos relacionados con infraestructura submarina y seguridad de cables. Meses después destinó nuevos recursos para establecer centros regionales en el Báltico y el Mediterráneo y aumentar la capacidad europea de reparación.
La razón es sencilla: si casi toda nuestra economía digital necesita estas conexiones, un cable submarino también puede convertirse en objetivo estratégico.
No todos los daños son sabotaje. Pesca, anclas, accidentes marítimos y fenómenos naturales pueden cortar cables. Pero los incidentes registrados durante los últimos años, especialmente alrededor del mar Báltico, han obligado a gobiernos europeos y a la OTAN a considerar también escenarios de interferencia deliberada y guerra híbrida. En 2025, la alianza lanzó Baltic Sentry para reforzar la vigilancia de infraestructura crítica submarina mediante fragatas, aeronaves y nuevas tecnologías.
En 2026 la estrategia avanzó todavía más.
Ocho aliados de la OTAN acordaron acelerar la utilización de tecnologías para vigilar el Báltico después de pruebas que habían involucrado 70 drones aéreos y marítimos. Sistemas autónomos, sensores e inteligencia artificial empiezan a utilizarse para observar aquello que sucede alrededor de infraestructura que, paradójicamente, fue diseñada precisamente para permanecer fuera de nuestra vista.
Estamos entrando así en una situación geopolíticamente fascinante.
La infraestructura más importante de internet está ubicada en uno de los lugares más difíciles del planeta para vigilar: el fondo del mar.
Pero existe otra disputa todavía mayor: quién construye las nuevas conexiones.
Estados Unidos, China, Europa y grandes compañías tecnológicas tienen intereses enormes en el desarrollo de las rutas digitales internacionales. Durante años, Washington ha mostrado preocupación por la participación de compañías chinas en infraestructura de telecomunicaciones, mientras Pekín busca ampliar sus propias conexiones internacionales. Los cables dejaron de ser simples proyectos empresariales porque pueden determinar qué territorios se convierten en nodos fundamentales de la economía digital.
La lógica recuerda sorprendentemente a los grandes canales marítimos.
Durante el siglo XIX, controlar puertos y rutas comerciales otorgaba influencia internacional. En el XX, oleoductos, estrechos y gasoductos adquirieron enorme importancia estratégica. En el XXI, las rutas por donde circulan datos empiezan a incorporarse al mismo mapa del poder.
Y eso también explica por qué gigantes tecnológicos participan directamente en infraestructura submarina.
Google, Meta, Microsoft y Amazon han invertido o participado en grandes sistemas de cables internacionales. Tiene sentido: si una compañía mueve cantidades gigantescas de información entre continentes, depender completamente de infraestructura ajena representa una vulnerabilidad. La economía de la nube necesita algo muy poco parecido a una nube: enormes centros de datos conectados mediante cables físicos que atraviesan océanos.
La inteligencia artificial aumentará todavía más esa importancia.
Entrenar y operar sistemas avanzados requiere centros de datos distribuidos internacionalmente, cantidades enormes de capacidad computacional y movimiento constante de información. CSIS advierte que la revolución de la IA, junto con el crecimiento de la conectividad y la nube, aumenta las consecuencias económicas y de seguridad de cualquier interrupción significativa de estas redes.
Esto convierte algunos lugares aparentemente periféricos en territorios estratégicos.
Islas, costas y pequeños países pueden adquirir importancia simplemente porque se encuentran en posiciones ideales para recibir cables. Tener múltiples conexiones internacionales puede aumentar resiliencia, atraer centros de datos y convertir un territorio en nodo digital regional.
La geografía que importaba para transportar petróleo empieza también a importar para transportar información.
Para América Latina el tema resulta especialmente relevante. La región depende de cables que conectan sus economías con Estados Unidos, Europa y otras partes del mundo. Nuevas conexiones transpacíficas y transatlánticas pueden modificar dependencia, velocidad, redundancia y oportunidades para centros de datos.
La soberanía digital, por tanto, no consiste únicamente en proteger información dentro de servidores.
También consiste en preguntarse por dónde sale esa información del país, quién posee la infraestructura, qué rutas alternativas existen y cuánto tardaría en repararse una conexión crítica.
Europa ya comenzó a hablar incluso de “diplomacia de cables”. Su estrategia de 2026 plantea cooperación internacional, nuevas conexiones estratégicas, capacidad de reparación y medidas para responder frente a actores hostiles.
Es una expresión extraña que probablemente escucharemos cada vez más.
Porque durante años imaginamos que una ciberguerra comenzaría con hackers entrando a servidores.
Puede ser mucho más simple.
Un barco se aproxima a una zona determinada. Algo ocurre debajo del agua. Una conexión desaparece. Empresas comienzan a redirigir tráfico. Gobiernos intentan determinar si fue accidente o sabotaje. Nadie dispara un misil y, sin embargo, comienza una crisis internacional.
La próxima gran batalla por internet quizá no ocurra dentro de internet.
Podría ocurrir a cuatro mil metros de profundidad, alrededor de un cable que prácticamente nadie sabía que existía.
Fuentes: Comisión Europea, Cable Security Toolbox y Action Plan on Cable Security (2026); NATO, Baltic Sentry y Task Force X-Baltic (2025-2026); Center for Strategic and International Studies, investigaciones sobre cables submarinos y competencia entre grandes potencias.
