Un día abres el chatbot con el que llevas meses hablando y algo es diferente. Responde distinto. Su personalidad cambió. Ya no recuerda determinadas dinámicas o dejó de comportarse como aquella presencia con la que habías construido una rutina. Técnicamente, el servicio sigue funcionando. Para algunos usuarios, sin embargo, la persona digital con la que hablaban parece haber desaparecido. Una investigación publicada este septiembre estudió precisamente esa experiencia y encontró patrones compatibles con angustia por separación y pérdida.
Investigadores de Harvard Business School, Harvard University y University of Alberta analizaron dos cambios tecnológicos ocurridos en plataformas diferentes: la eliminación de determinadas funciones de Replika y el lanzamiento de GPT-5 en ChatGPT. En total estudiaron 54,861 publicaciones de comunidades de usuarios y 1,452 participantes mediante siete encuestas.
Después de los cambios aumentaron las expresiones negativas, el lenguaje relacionado con pérdida y los deseos de recuperar la versión anterior. En el caso de Replika, el incremento de publicaciones negativas fue de 24.7 puntos porcentuales; alrededor de la transición analizada de ChatGPT fue de 13 puntos. Los efectos fueron más fuertes entre los usuarios de Replika, donde algunos participantes reportaron niveles de cercanía con su compañero artificial superiores a determinados vínculos humanos comunes.
Hay que interpretar esos resultados con cuidado. El estudio no demuestra que todos los usuarios desarrollen dependencia emocional ni que actualizar un modelo produzca un duelo clínico. Parte de la evidencia procede de comunidades de internet donde participan personas particularmente involucradas con esos productos. Los investigadores hablan de mecanismos de apego y angustia de separación para explicar patrones observados, no de que una relación con una IA sea psicológicamente idéntica a perder a una persona.
Pero el fenómeno plantea una cuestión nueva. Cuando compramos una aplicación tradicional aceptamos que cambie. Cuando una herramienta comienza a recordar conversaciones, responder afectivamente, adoptar una personalidad y estar disponible cada noche, la relación puede dejar de sentirse puramente instrumental. Otra investigación publicada en Nature Human Behaviour con 1,131 usuarios encontró precisamente que los efectos del compañerismo con IA varían dependiendo de las redes sociales offline y de la intensidad y naturaleza de la interacción.
Esto crea una situación extraña: una empresa puede modificar unilateralmente algo que para determinados usuarios funciona como una relación. Una actualización de software puede alterar personalidad, memoria, límites y estilo de interacción de un día para otro. Investigadores ya discuten si las compañías deberían considerar esas consecuencias psicológicas al modificar compañeros artificiales, especialmente cuando existen usuarios vulnerables.
Durante décadas temimos que las máquinas llegaran a sentir como nosotros. Quizá la primera gran transformación ocurrió al revés: nosotros empezamos a sentir cosas por ellas antes de que ellas pudieran sentir absolutamente nada por nosotros. Y eso abre una pregunta para la que todavía no tenemos reglas sociales claras: cuando una relación existe psicológicamente para una sola de las dos partes, ¿qué responsabilidad tiene quien controla a la otra?
Fuentes: De Freitas, Castelo, Uğuralp y Oğuz-Uğuralp, Nature Human Behaviour, “Mourning the loss of AI companions” (3 de septiembre de 2026); Zhang et al., Nature Human Behaviour, “Interaction with AI companions and psychological well-being” (4 de agosto de 2026); Nature Human Behaviour, análisis sobre IA, apego y desigualdad social (septiembre de 2026).
