El 21 y el 22 de septiembre de 2025, en torno a la Asamblea General de la ONU, Reino Unido, Canadá, Australia, Portugal, Francia, Bélgica, Luxemburgo, Malta, Andorra y San Marino anunciaron que reconocían al Estado de Palestina. Con esas decisiones, alrededor de 157 de los 193 miembros de la ONU, más del 80 %, pasaron a reconocerlo, según un recuento de Le Grand Continent. Los países que lo reconocen suman cerca del 89 % de la población mundial. Y sin embargo, Palestina no es miembro pleno de la ONU, no controla sus fronteras ni su espacio aéreo, y buena parte de su territorio está ocupado o devastado por la guerra. La paradoja lleva a una pregunta que parece sencilla, pero no lo es: ¿qué es, exactamente, un Estado?
La definición más citada proviene de la Convención de Montevideo, firmada en 1933 por países americanos. Según su artículo primero, un Estado debe tener cuatro elementos: una población permanente, un territorio definido, un gobierno y la capacidad de entablar relaciones con otros Estados. En el derecho internacional existe además un viejo debate entre dos teorías. La "declarativa" sostiene que un Estado existe si cumple esos requisitos, lo reconozcan o no los demás. La "constitutiva" afirma que un Estado solo existe en la medida en que otros lo reconocen. En la práctica, ninguna de las dos explica todos los casos.
El mapa político está lleno de entidades en una zona gris. Taiwán cumple con creces los criterios de Montevideo: tiene población, territorio, gobierno democrático, ejército, moneda y una de las economías más avanzadas del mundo. Pero solo una docena de países lo reconocen oficialmente, porque China considera la isla parte de su territorio y exige a sus socios que no lo hagan. Somalilandia, en el Cuerno de África, se declaró independiente de Somalia en 1991, celebra elecciones y es más estable que el país del que se separó, pero durante más de tres décadas ningún Estado miembro de la ONU la reconoció. En diciembre de 2025, Israel se convirtió en el primero en hacerlo, una decisión que Somalia, la Unión Africana y varios países vecinos rechazaron. Kosovo, independiente de Serbia desde 2008, es reconocido por más de un centenar de países, pero no por Rusia, China, ni cinco miembros de la Unión Europea.
Palestina representa el caso inverso: una entidad con amplio reconocimiento diplomático, pero con un control efectivo muy limitado de su territorio y un gobierno dividido entre la Autoridad Palestina en Cisjordania y la situación en Gaza. Para quienes apoyan el reconocimiento, se trata de afirmar el derecho del pueblo palestino a la autodeterminación y de preservar la posibilidad de una solución de dos Estados. Para Israel y Estados Unidos, que se oponen, reconocer a Palestina sin un acuerdo negociado premia a quienes rechazan la paz y no cambia nada sobre el terreno.
Estos casos muestran que la condición de Estado no es un hecho natural, como la existencia de una montaña, sino una realidad institucional que depende de reglas, prácticas y decisiones políticas. El filósofo John Searle llamaba a este tipo de realidades "hechos sociales": existen porque una comunidad acepta colectivamente que existen, como el dinero o el matrimonio. Un Estado es, en parte, territorio y gobierno, pero también una forma de ser reconocido como interlocutor por los demás.
Esto no significa que el reconocimiento sea arbitrario ni que baste con proclamarse Estado para serlo. Significa que la soberanía tiene dos caras: una interna, el control efectivo sobre un territorio y una población, y otra externa, la aceptación de la comunidad internacional. Cuando ambas coinciden, nadie se pregunta qué es un Estado. Cuando se separan, como en Palestina, Taiwán o Somalilandia, esa pregunta deja de ser académica y se convierte en una cuestión de vida, de derechos y de guerra.
Fuentes: Le Grand Continent (septiembre de 2025); El Independiente; BBC News Mundo (Somalilandia, diciembre de 2025); Centro Regional de Información de la ONU (UNRIC); Convención de Montevideo sobre Derechos y Deberes de los Estados (1933); Crawford, The Creation of States in International Law (2006); Searle, La construcción de la realidad social (1995).

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